Las altas temperaturas no se viven igual en todas las calles. En plena ola de calor, miramos cómo los pavimentos, la piedra, la sombra, el agua y la vegetación influyen en la isla de calor urbana y en la forma en que habitamos la ciudad.

Cuando las temperaturas se desbordan buscamos en el armario la ropa más ligera, elegimos lugares con sombra y procuramos tener agua cerca para mantenernos hidratados.
También solemos mirar hacia arriba, como quien busca alguna respuesta ante el calor.
Consultamos una y otra vez la previsión del tiempo, esperando encontrar una bajada de las temperaturas o alguna lluvia capaz de refrescar el ambiente. Buscamos formas de adaptarnos, aunque a veces no sean suficientes.
Pero quizá también deberíamos mirar hacia abajo.
A las calles, las plazas, las aceras y las grandes superficies pavimentadas sobre las que caminamos. A los materiales con los que hemos cubierto buena parte de las ciudades y a la manera en que responden después de permanecer durante horas bajo el sol.
Porque una ola de calor es un fenómeno climático, pero la forma en que la atravesamos también depende del lugar que hemos construido para vivirla.
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El calor no termina en la temperatura del aire
En verano aumentan los planes para ir al río, al monte o a cualquier lugar donde haya agua, árboles y algo de sombra. No es casualidad. Buscamos escapar durante unas horas de las superficies calientes y de ese calor que parece quedarse atrapado entre los edificios.
Sin embargo, quienes vivimos en una ciudad no podemos salir de ella cada vez que suben las temperaturas. Tenemos que seguir caminando por sus calles, atravesando sus plazas y habitando los espacios que nos ofrece.
Cuando consultamos la previsión, la cifra que aparece en la pantalla corresponde a la temperatura del aire. Pero el cuerpo experimenta algo más complejo.
También recibe la radiación que emiten el suelo, las fachadas y los objetos que lo rodean. Por eso caminar por una plaza pavimentada y sin sombra no se siente igual que hacerlo por una calle arbolada, aunque el termómetro marque la misma temperatura.
Granito, asfalto, hormigón y otros pavimentos reciben radiación solar durante el día. Una parte se refleja y otra se absorbe y queda almacenada en el material. Más tarde, cuando el aire comienza a enfriarse, esa energía puede volver al entorno en forma de calor.
Por eso algunas calles y plazas continúan calientes incluso después de ponerse el sol.
Es uno de los procesos que intervienen en la denominada isla de calor urbana: la diferencia de temperatura que puede producirse entre las zonas más construidas de una ciudad y sus alrededores menos urbanizados.
Pero no existe un único material culpable.
Importa de qué está hecha una superficie, aunque también importan su color, su acabado, su colocación, la extensión que ocupa y el tiempo que permanece expuesta al sol. Importa si permite pasar el agua, si existe suelo vivo bajo ella y si convive con árboles, sombra y vegetación.
La cuestión no es únicamente qué materiales utilizamos, sino qué ciudad componemos con ellos.
La misma piedra no siempre responde de la misma manera
La piedra forma parte de nuestra historia constructiva.
Está en viviendas antiguas, fachadas, muros, caminos y plazas. La hemos utilizado durante siglos porque es resistente, duradera y, en muchos casos, procede del mismo territorio en el que se construye.
Por eso hablar de su comportamiento frente al calor no significa convertirla en un problema. Al contrario, significa aprender a conocer mejor un material que sigue estando muy presente en nuestras ciudades.
Y aquí aparece algo que no siempre tenemos en cuenta.
No basta con decir que una plaza está pavimentada con granito o que una fachada es de piedra natural. También importa qué piedra se utiliza, cuál es su color y cómo se ha trabajado su superficie.

En julio de 2025, los investigadores Andrea Frattolillo, Nicola Careddu y Elio Lai publicaron en SSRN el estudio The Use of Natural Stones for Mitigating Urban Heat Island Intensity in LEED® Perspective.
El trabajo, presentado por el momento como un preprint todavía no revisado por pares, analiza cómo distintos acabados superficiales modifican el comportamiento frente a la radiación solar de tres piedras procedentes de Cerdeña y utilizadas comercialmente: el mármol de Orosei, el granito Ghiandone Rosa Limbara y el basalto sardo.
Los investigadores no se limitaron a comparar una piedra con otra. También estudiaron qué ocurría al aplicarles algunos de los acabados comerciales más habituales, desde superficies pulidas hasta tratamientos por impacto que vuelven la piedra más rugosa, como el abujardado.
Los resultados mostraron que el acabado sí modifica sus propiedades radiativas.
En las muestras analizadas, las superficies pulidas presentaron valores medios bajos de reflectancia solar y emisividad térmica. En cambio, los tratamientos por impacto, especialmente el abujardado convencional, aumentaron la rugosidad de la superficie, favorecieron una mayor difusión de la radiación y alcanzaron índices de reflectancia solar más elevados.
Dicho de forma más sencilla: incluso dentro de una misma piedra, la manera en que se trabaja la superficie puede influir en cómo recibe la radiación solar y en la temperatura que puede llegar a alcanzar.
Esto no significa que una plaza vaya a dejar de calentarse únicamente por utilizar una piedra rugosa. El estudio se realizó sobre tres piedras concretas y el comportamiento real de un espacio urbano también depende de la orientación, las horas de exposición, la sombra, el agua, el viento y la extensión de la superficie pavimentada.
Pero sí abre una pregunta que merece atención.
Cuando se elige una piedra para una calle o una plaza, ¿se piensa únicamente en su apariencia, su resistencia y su mantenimiento? ¿O se debería preguntar cómo responderá después de pasar varias horas bajo el sol?
No todas las piedras son iguales.
Y una misma piedra tampoco responde siempre de la misma manera.
Ciudades construidas para otro tiempo
Muchas ciudades europeas conservan calles estrechas, plazas empedradas y edificios levantados con la piedra disponible en su entorno.
Los cascos históricos fueron durante siglos el centro de la vida urbana. Se construyeron poco a poco, respondiendo a la topografía, los recursos, las formas de desplazarse y unas condiciones sociales y climáticas diferentes de las actuales.
Sus calles estrechas podían proporcionar sombra. La piedra ofrecía resistencia y duración. Los adoquines permitían reparar el pavimento por partes y continuar utilizando materiales cercanos.
No tendría sentido observar hoy esos espacios y concluir que estaban mal construidos.
Pero las temperaturas están cambiando y también lo ha hecho la ciudad que creció a su alrededor.
Lo que antes era una calle recorrida principalmente a pie puede estar ahora rodeado de tráfico, superficies impermeables, instalaciones y nuevos edificios. Lo que funcionaba dentro de un tejido urbano más pequeño puede comportarse de otra manera cuando la piedra, el asfalto y el hormigón ocupan superficies cada vez mayores.
Sabemos que las olas de calor no nacen en una plaza empedrada. Pero también sabemos que la forma urbana, los materiales, la escasez de vegetación y la pérdida de humedad pueden hacer que sus efectos se vivan con mayor intensidad.
Por eso adaptar una ciudad no consiste únicamente en sustituir un pavimento por otro.
También implica gestionar mejor el agua, recuperar sombra, dejar espacio para la vegetación y buscar soluciones para aquellos lugares donde la propia ciudad construida dificulta plantar árboles o devolver permeabilidad al suelo.
Algunas propuestas actuales trabajan precisamente desde esa mirada: recuperar aguas grises para el riego, incorporar vegetación a fachadas y cubiertas o crear estructuras que aporten sombra en plazas donde existen aparcamientos o infraestructuras bajo el suelo. Es el tipo de soluciones basadas en la naturaleza que desarrolla, entre otros proyectos, Biotonomy.
No son una respuesta única ni sustituyen la necesidad de conservar y ampliar el arbolado urbano.
Pero muestran que adaptar una ciudad ya construida exige intervenir también sobre su gestión y aprovechar mejor los recursos que circulan por ella.
Una plaza no es únicamente su pavimento.
Es la sombra que recibe, el agua que puede absorber o reutilizar, el aire que circula entre sus edificios y la posibilidad de sentarse, encontrarse o permanecer sin tener que consumir.
Repensar el diseño urbano no significa eliminar la piedra ni elegir un material milagroso. Significa decidir cómo combinamos lo que ya existe con árboles, agua, suelo permeable y nuevas formas de gestión.
Las ciudades que heredamos fueron construidas bajo unas condiciones diferentes. Ante un clima cambiante, quizá el primer paso sea aprender a mirar cómo están hechas y preguntarnos qué decisiones pueden ayudar a que sigan siendo habitables.

Tres árboles, un barrio verde y un parque cercano
Si la vegetación, la sombra y el agua forman parte de la adaptación al calor, surge una pregunta inevitable: ¿cómo sabemos si una ciudad dispone realmente de suficiente naturaleza?
Una de las referencias utilizadas para responderla es la regla 3-30-300.
La propuesta plantea tres condiciones sencillas: poder ver al menos tres árboles desde cada vivienda, alcanzar un 30 % de cobertura vegetal en el barrio y disponer de un espacio verde de al menos una hectárea a menos de 300 metros de casa.
Sobre el papel no parece una aspiración desmedida.
Sin embargo, el informe Derecho a la naturaleza, publicado por Amigas de la Tierra tras analizar diez ciudades españolas, concluye que más del 60 % de la población estudiada no tiene acceso suficiente a zonas verdes de proximidad.
El análisis también muestra que esa ausencia no se distribuye por igual. Los barrios con menor renta suelen tener menos naturaleza disponible por persona y menos espacios cercanos donde protegerse del calor.
La forma en que construimos y distribuimos la ciudad termina influyendo así en algo tan cotidiano como poder caminar bajo la sombra, descansar en un parque o refrescarse sin tener que desplazarse a otro barrio.
No todas las personas atraviesan la misma ola de calor, aunque vivan bajo la misma previsión meteorológica.
Ante la ola de calor: refugiarse sin tener que consumir
En los últimos años hemos empezado a escuchar con mayor frecuencia la expresión “refugio climático”. Se utiliza para hablar de aquellos lugares que ofrecen unas condiciones más seguras durante las horas de mayor temperatura.
Solemos pensar en parques, bibliotecas, centros cívicos, centros comerciales, bares u otros edificios con aire acondicionado donde resguardarnos del calor. Espacios que pueden ser necesarios, especialmente durante episodios extremos y para quienes no consiguen mantener fresca su vivienda o no disponen de otras alternativas cercanas.
Pero quizá la adaptación al calor no debería empezar únicamente al entrar en un edificio.
No tendría que ser necesario buscar una tienda, sentarse en una terraza o desplazarse hasta un espacio climatizado para encontrar algo de alivio.
El refugio climático debería comenzar antes de cruzar una puerta.
En una calle arbolada por la que se pueda caminar. En una plaza con sombra y bancos. En un parque cercano donde descansar, encontrarse o dejar pasar las horas más difíciles sin que permanecer allí implique consumir.
Amigas de la Tierra propone entender los refugios climáticos comunitarios como espacios verdes, públicos, accesibles y seguros. Lugares que no solo permitan protegerse del calor, sino también reunirse y hacer barrio.
Porque una ciudad preparada para temperaturas cada vez más altas no debería depender únicamente de espacios cerrados y sistemas mecánicos de refrigeración.
La sombra, la vegetación y la posibilidad de permanecer en el espacio público también forman parte de su infraestructura.
Y deberían estar disponibles antes de que el calor nos obligue a buscar una puerta que cruzar.

Construir diferente quizá empiece entre los edificios
Una ciudad no está formada únicamente por edificios.
También la construyen las calles que los conectan, las plazas donde nos encontramos y todos esos espacios intermedios que recorremos cada día, aunque pocas veces nos detengamos a observar cómo están hechos.
Una plaza puede cumplir perfectamente su función como superficie pavimentada y, sin embargo, resultar difícil de habitar cuando llega el calor. Una calle puede permitirnos circular, pero no ofrecer un lugar donde caminar bajo sombra o detenernos a descansar.
Quizá por eso construir diferente no consista en añadir una solución nueva para cada problema, sino en mirar qué ocurre cuando todas las decisiones se encuentran en un mismo lugar.
El material que elegimos, la superficie que cubrimos, el agua que dejamos pasar y la sombra que somos capaces de crear terminan influyendo en algo tan sencillo como poder caminar, sentarse o permanecer en la ciudad durante el verano.
No se trata de dejar de utilizar piedra ni de convertir cada plaza en un parque. Se trata de comprender que ningún elemento funciona de manera aislada y que una ciudad preparada para el calor también se construye en la relación entre ellos.
Cuando las temperaturas se desbordan solemos mirar al cielo.
Pero quizá también deberíamos aprender a mirar las decisiones que permanecen bajo nuestros pies y alrededor de nosotros.
Esta vez hemos mirado hacia fuera: a las calles, las plazas y los espacios que quedan entre los edificios.
Aunque el calor no se detiene al cruzar una puerta.
